El continuismo en el poder, a través de reelecciones sucesivas claramente fraudulentas, que las más de las veces han sido el ropaje de gobiernos antidemocráticos, ha signado parte considerable de nuestra desgracia histórica y caracterizado a las corrientes conservadoras y retrógradas del país.
El anticontinuismo, a través del reclamo de la alternabilidad democrática en el poder cada período de gobierno y la oposición a la reelección sucesiva, ha sido bandera de las fuerzas democráticas y liberales desde la primera constitución de 1844.
De modo, pues, que el reeleccionismo continuista -fraudulento- y el antirreeleccionismo -democrático- han dividido a la nación y han sido fuentes de parte considerable de nuestro accionar histórico y político.
Sin embargo, podría afirmarse que, en términos generales, la reelección presidencial no sucesiva -la elección de un ex-presidente luego de pasar un período o más de gobierno fuera del poder- ha sido una normativa admitida constitucionalmente, aunque afectada por el sombreado de la reelección sucesiva. Admitida como otra oportunidad democrática, ha venido a cuento que, salvo en el caso de Leonel Fernández, ningún otro presidente ha podido volver al poder limpiamente, sin trapisondas marrulleras.
Efectivamente, a Leonel le cupo la gloria de haber sido reelecto democráticamente, limpiamente, luego de un período de gobierno fuera del poder. Asimismo al presidente Hipólito Mejía la cupo la gloria de haber sido el primer presidente democrático que intentó reelegirse, perdió e hizo el transvase sin trauma.
Y ahora Leonel podría convertirse en el primer presidente reelecto democráticamente para un período sucesivo, por cuanto sus posibilidades, son de 3 a 2, más que menos, tanto así que anteveo que pasaría suavemente en la primera vuelta.
Los tiempos han cambiado. Estamos en un proceso de reversa democrática. Vivimos los tiempos de un liberalismo a veces con notaciones revolucionarias -Chávez- y otras veces con muchas notaciones conservadoras al parecer calculada -Lula y Leonel-. Los liberales ahora son reeleccionistas y, por lo tanto, antidemocráticos. Esto significa también que en el fondo el conservadurismo sigue signado por el antidemocratismo.
El pensamiento político y cierta franja significativa del accionar de Leonel se conjugan democráticas, pero a su manera, con significativas motas conservadoras, principalmente en los campos social y económico, aposicionado, como está, sobre un status quo tradicional tutelado -cuasi intervino- por actores norteamericanizados con plena vocación de gobernadores de colonia (expresión “registrada”, propiedad de Narciso Isa Conde, dueño de una conciencia crítica envidiable, que la anubla con un excesivo antiyanquismo).
La bandera de la antirreelección se estrella contra la muralla de la ausencia de un discurso realista, que más bien es un antidiscurso, por retrógrado, y porque despoja de moral política a los reformistas, verdaderos maestros del reeleccionismo sucesivo fraudulento y a los perredeistas del “nuevo PRD”, esto es, del viejo PPH, que en una sesión congresional maratónica reformaron la constitución para permitir la reelección sucesiva, algo así como que afilaron cuchillo para sus gargantas.
Pareciera ser que cuando los pepehachistas furiosos reabrieron las compuertas al continuismo, devenido en continuismo democrático, no habían leído el libro La Reelección, Una Polémica, que recoge el debate edificante del Dr. Hugo Tolentino Dipp -reputado intelectual liberal- y Enrique Apolinar Henríquez, adscrito al conservadurismo y, por tanto, reeleccionista antidemocrático per Se, que siempre defendió y pretendió justificar las reelecciones sucesivas fraudulentas del doctor Joaquín Balaguer en los años setenta.
En otro orden, cuando el presidente Leonel lanzó su candidatura para la segura repostulación por su PLD, el domingo 25 -recordemos que el 25 es Día de San Manejo, Día de Pago- en el Estadio Olímpico, luego de citar a varios presidentes y líderes liberales del pasado dominicano, se colocó en la tesitura de simbolizar el inicio del ciclo democrático liberal, cerrando el ciclo autoritario, pero en honor a la verdad histórica nuestro ciclo liberal se inició en agosto de 1978 con el presidente Antonio Guzmán, a quien le correspondió desmontar la estructura militar represiva antidemocrática y ponerle fin a la persecución ideológica al abrir las cárceles y retornar los exiliados políticos; continuó con Salvador Jorge Blanco- aunque moteado por los suceso de Abril de 1984- y se restableció en el cuatrienio de Hipólito Mejía, un presidente permisivo y democrático.
Lo que si debemos reconocerle a Leonel es que ha sido el menos tímido de nuestros presidentes liberales- baste recordar el establecimiento de las relaciones diplomáticas y comerciales con Cuba- y ha sido el primer presidente del ciclo de la “modernidad”.