 | |  Mayor general Rafael Guzmán Fermín, nombrado por el presidente Fernández en la jefatura policial el pasado 17 de agosto, y quien desde entonces ha tenido la oportunidad de vivir en carne propia la experiencia de arrastrar, como un pesado lastre, su fama | |
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El beneficio de la duda al mayor general Guzmán Fermín
No ha cumplido su primer mes en el cargo cuando ya le están contando los muertos en intercambios de disparos al mayor general Rafael Guzmán Fermín, nombrado por el presidente Fernández en la jefatura policial el pasado 17 de agosto, y quien desde entonces ha tenido la oportunidad de vivir en carne propia la experiencia de arrastrar, como un pesado lastre, su fama de policía represivo y de mano dura.
La muerte a manos de una patrulla policial, la madrugada del pasado jueves, de cuatro hombres que intentaban asaltar una estación de expendio de gasolina parecería darle la razón, bien temprano, a sus numerosos críticos, pero sería una injusticia no reconocer -porque es lo que dicen los testigos del hecho- que se trató de un auténtico intercambio de disparos en el que los delincuentes, por suerte, se llevaron la peor parte. Con biblia o sin biblia lo cierto es que el mayor general Guzmán Fermín tiene todo el derecho a que se le conceda al beneficio de la duda a pesar de su mala fama, de que se le permita demostrar con sus hechos que es el hombre ecuánime, respetuoso de las leyes que norman la vida en democracia, al que el presidente Fernández confió la responsabilidad de dirigir la Policía Nacional en estos difíciles tiempos.
Epílogo a un precedente contra la corrupción
Como en el ordenamiento jurídico de este país nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito, no hay más remedio que considerar la decisión de la Primera Sala de la Corte de Apelación del Distrito Nacional que descargó al ex jefe de la Policía Nacional Jaime Marte Martínez y otros 36 ex oficiales, acusados del usufructo de vehículos que habían sido robados a sus propietarios, como el epílogo de un proceso judicial que en su momento se pensó sentaría un precedente llamado a servir de estímulo para seguir adelante con la ardua y trabajosa lucha que libra la sociedad dominicana por fortalecer sus instituciones, eliminando de ellas las prácticas contrarias a su naturaleza y los propósitos que le dan sentido. La sentencia de la Corte de Apelación está llamada a convertirse, tal y como se esperaba, en un precedente jurídico, pero de signo negativo, como han coincidido en calificarlo el movimiento cívico Participación Ciudadana y la Fundación Institucionalidad y Justicia, que también lamentan que la justicia haya sido incapaz de darle a la sociedad dominicana la respuesta que esperaba en este caso. Pero independientemente de las frustraciones y el mal sabor de boca de tanta gente que tenía sus esperanzas puestas en esa decisión, la justicia ha dicho su última y definitiva palabra, y de ahí en adelante nada hay que hacer. Felicitemos, pues, a los agraciados, y a Dios que reparta suerte.
Demasiado chiquito, Amable Aristy Castro
En un reciente recorrido proselitista por San Cristóbal el candidato presidencial del Partido Reformista Social Cristiano, Amable Aristy Castro, se autoproclamó como el “Balaguer chiquito”, dando garantías a sus seguidores de que ganará los próximos comicios a los candidatos Miguel Vargas Maldonado y el presidente Leonel Fernández. Nada tiene de extraño que un dirigente reformista quiera parecerse, o guste de imitar, a su maestro, líder y guía (anda uno por ahí que parece un fantasma joven, prematuramente decrépito, del fallecido líder del PRSC), tampoco que abreve en su ideario político o que convierta su Manual sobre al Arte de Gobernar para Siempre en su libro de cabecera, pero a estas alturas de su partida de este mundo demasiado probado está que al lado de su estatura política sus seguidores y continuadores parecen enanos, incapaces de calzarse unos zapatos demasiado grandes. Amable Aristy Castro es, en honor a la verdad, uno de sus más aventajados discípulos (el mejor de todos, paradójicamente, no pertenece a las filas reformistas), pero solo en lo que se refiere a sus dobleces y marrullerías, a su obsesión indeclinable por el poder, y ese no es el mejor Balaguer, aunque sí sea, por mucho, el más imitado y admirado, para desgracia de la democracia dominicana.